La guerra impulsada por Estados Unidos e Israel contra Irán ha entrado en una fase de creciente incertidumbre. A más de 100 días del inicio de la ofensiva lanzada por Washington y Tel Aviv, el conflicto no ha logrado los objetivos anunciados por sus promotores y, por el contrario, ha ampliado la inestabilidad en Medio Oriente, provocado miles de víctimas y puesto en riesgo las negociaciones diplomáticas que buscaban evitar una escalada regional.
La reciente decisión de Irán de lanzar misiles y drones contra Israel, en respuesta a los ataques israelíes contra Líbano y objetivos vinculados a Hezbolá, marca un punto de inflexión.
A diferencia de ocasiones anteriores, Teherán no justificó su respuesta por una agresión directa contra su territorio, sino por los bombardeos israelíes contra uno de sus principales aliados regionales. La medida refleja un cambio estratégico que podría redefinir los equilibrios de poder en la región.
La respuesta iraní se produjo después de que Israel intensificara su invasión sobre territorio libanés mediante ataques contra posiciones atribuidas a Hezbolá en Beirut y otras zonas del sur del país. Aunque el impacto militar inmediato de los misiles iraníes fue limitado, el mensaje político fue contundente: Teherán dejó claro que considera los ataques contra sus aliados como una amenaza directa a sus propios intereses estratégicos.

Analistas internacionales consideran que la decisión responde a una nueva lectura de la realidad regional por parte de la dirigencia iraní. Después de meses de guerra, sanciones económicas y presión militar combinada de Estados Unidos e Israel, la República Islámica no colapsó ni enfrentó el levantamiento interno que algunos sectores occidentales pronosticaban.
En lugar de mostrarse debilitado, el liderazgo iraní parece convencido de que logró resistir una campaña destinada a erosionar su poder político y militar. Esa percepción ha fortalecido la idea de que puede actuar con mayor firmeza frente a Israel y Washington sin comprometer necesariamente las negociaciones diplomáticas.
La estrategia iraní también busca preservar la credibilidad del denominado Eje de la Resistencia, la red de aliados regionales integrada por Hezbolá, milicias iraquíes y otros grupos respaldados por Teherán. No responder a la invasión israelí de Líbano habría sido interpretado por sus socios como una señal de debilidad.
Cuando Donald Trump ordenó junto con Israel el inicio de la ofensiva contra Irán el 28 de febrero, la Casa Blanca aseguró que la campaña sería rápida y decisiva. Sin embargo, más de tres meses después, la guerra continúa sin una victoria clara y con costos humanos, económicos y políticos cada vez más elevados.
Según cifras oficiales, el conflicto ha dejado cerca de 3 mil 500 muertos y más de 26 mil heridos en Irán. En Israel se reportan 26 fallecidos y casi 8 mil lesionados. En Líbano, escenario de la invasión israelí contra posiciones vinculadas a Hezbolá, las autoridades contabilizan más de 3 mil 600 muertos y más de 11 mil heridos.
La ofensiva tampoco ha logrado algunos de sus principales objetivos. El gobierno iraní sigue en pie, la Guardia Revolucionaria mantiene el control de las estructuras de seguridad y el programa nuclear continúa siendo uno de los principales puntos de desacuerdo en las negociaciones.
El desgaste comienza a sentirse incluso dentro de Estados Unidos. Una resolución aprobada recientemente por la Cámara de Representantes busca limitar la capacidad de Trump para continuar las hostilidades sin autorización legislativa, reflejando el creciente rechazo político a una guerra cada vez más impopular.
Las encuestas muestran además un deterioro en el respaldo ciudadano. Una mayoría de estadounidenses desaprueba la gestión de Trump en el conflicto y atribuye a la guerra parte del incremento en los precios de la energía y el combustible.
Mientras Washington insiste en que un acuerdo todavía es posible, la realidad sobre el terreno muestra un escenario mucho más complejo. La continuidad de la invasión israelí en Líbano, las represalias iraníes y la falta de confianza entre las partes han convertido la región en un polvorín donde cualquier incidente puede desencadenar una nueva escalada.
Lo que comenzó como una campaña presentada por Estados Unidos e Israel como una intervención rápida para debilitar a Irán ha terminado fortaleciendo la percepción de resistencia del gobierno iraní y aumentando la incertidumbre sobre el futuro de Medio Oriente.





