Por Marinellys Tremamunno/ Enviada
BARCELONA.— Entre lágrimas y gritos durante la primera jornada de León XIV en Barcelona, el Papa presidió una vigilia de oración ante miles de personas en el Estadio Olímpico de Barcelona, donde abordó la salud mental y los feminicidios, en el cuarto día de su viaje a España.
A las ocho de la noche, León XIV subió al estadio Lluís Companys de Montjuïc —el mismo escenario de los Juegos Olímpicos de 1992—, ante más de 40 mil jóvenes.
Tras escuchar los testimonios de una mujer que confesó haber intentado suicidarse y otra que pidió ayuda para perdonar a su padre por casi matar a su madre, León XIV no esquivó nada.
“Es importante tomar conciencia de cómo la salud mental se ve cada vez más amenazada en el contexto de sociedades que se consideran avanzadas”, indicó.
“Hay algo profundamente erróneo en una cierta idea de crecimiento que somete a las personas a presiones, expectativas y tensiones que comprometen equilibrios fundamentales”, agregó. El Pontífice pidió que la salud mental sea prioridad en el sistema sanitario, denunció los feminicidios y habló del perdón como “poderosa medicina contra el mal”, pero aclaró que es un proceso, no una obligación inmediata.
“Debemos seguir pidiendo, tal vez durante toda la vida, que el Señor amplíe en nosotros el espacio del amor precisamente allí donde hemos sido heridos”.
Horas antes, en la Catedral de la Santa Cruz y Santa Eulalia, León XIV había presidido la Oración del Mediodía y abierto su homilía en catalán: “Queridos hermanos y hermanas, con gran alegría inicio mi visita”. Alternó el idioma catalán con el español hasta el final, como quien no quiere dejar a nadie fuera.
En una ciudad marcada históricamente por tensiones de identidad, su mensaje fue simple y directo: la unidad no se impone, se construye escuchando. Una preocupación recurrente en los discursos de este viaje apostólico.
El Papa invitó a ser “mártires”, es decir, “testigos y profetas de unidad, de acogida, de concordia y de paz”, incluso a costa de sacrificios y renuncias. “Queremos responder nuestros ‘sí’, dispuestos, en lo que sea necesario, a morir a nosotros mismos, a perdernos para reencontrarnos, a renunciar a lo superfluo para construir sobre lo que es esencial y dura para siempre”, afirmó.
Destacó la presencia del arzobispo metropolitano de Barcelona, el cardenal Juan José Omella Omella.
Al principio de la tarde, el Papa apareció sin aviso en el balcón del Palacio Episcopal, extendió los brazos hacia la multitud y el corazón del barrio Gótico estalló en aplausos.
“Iba pasando y me dijeron que el Papa iba a salir al balcón. Dije: me quedo aquí, aunque esté el solazo. Y lo vimos y recibimos la bendición. Hasta me temblaba la mano. Un orgullo poder estar aquí”, dijo Judith Parajas, una mexicana residente en Barcelona.
Hoy, León XIV tiene cita con la historia: presidirá la misa en la Sagrada Familia y bendecirá la Torre de Jesucristo, que con sus 172.5 metros convertirá la iglesia de Antonio Gaudí en el templo más alto del mundo, exactamente 100 años después de la muerte.





